domingo 26 de abril de 2009

"El mal paso"

Era algo tarde, bordeaba los contrafuertes de los picos de Pallas entre el caos de la morrena frontal del desaparecido glaciar, la nieve de primavera rellenaba hondonadas entre las rocas, y ocultaba posibles pozos en los que resultaba muy fácil en caso de pisar imprudentemente romperse una pierna, o cuando menos llevarse un buen susto. El perro zigzagueaba por delante, aquí y allá entre las rocas, desapareciendo unas veces y apareciendo otras, volviéndose a mirar de vez en cuando a su amo que se retrasaba extraviado. Al llegar hacia el fondo del alto valle colmado por los arrastres de tierras descompuestas de la caliza de las altas cumbres, conseguían restallar algunas humildes flores su color temprano apuntando entre las rocas y las últimas nieves que ya se derretían para hacer desbordar aguas abajo los ibones quietos oscuros y callados.

Asomaban alarmadas las marmotas por entre montículos de hierba quemada por los hielos, sus caras delgadas del invierno recientemente pasado en absoluto ayuno, observaban a los intrusos con cierto temor e inquietud lanzándose gritos de aviso de unas a otras parecidos a risas.

El cansancio y el sudor que le empapaban la espalda, las risas nerviosas de las marmotas que se escondían ante la llegada del perro o de la suya propia, empezaban a molestarle ya con sus chillidos, parecía como si se desternillaran de su camino errabundo y totalmente extraviado desde ya hacía horas. No conseguía hallar la vía de regreso hacia el valle y las últimas luces de la tarde, empezaban a declinar hacia el oeste, el camino entre el caos, acababa abruptamente en un precipicio por el que se despeñaban hacia un fondo oscuro a esa hora de la atardecida las aguas desbordadas de los ibones de Pallas, llegaban hasta él los broncos sonidos del agua estallando entre las rocas del fondo y una suerte de mareo tiraba de sus sienes hacia el abismo.

Descansó un rato dudando entre la indecisión de si vivaquear, o de si seguir a tientas aunque fuese, hasta la seguridad y la cena del refugio. Pasó un largo rato con el perro jadeante a su lado, el frío que sintió de pronto le recorrió todo el cuerpo en un escalofrío, y el hambre acuchillaba su estómago, con lo que ante la perspectiva de pasar un noche fría y sin un mal alimento que llevarse a la boca, y por el otro la posibilidad aunque peligrosa, de bajar hasta el valle y tras unas horas llegar al refugio, inclinaron la balanza de su indecisión.

Sintiéndose como reconfortado con la certeza de lo que iba a hacer, se levantó dolorosamente, las piernas frías ahora le pesaban como el plomo, y los pies magullados después de caminar casi desde el amanecer parecían no coordinarse con la intención de marchar que les enviaba el cerebro, le miraba el perro como inquiriendo con su mirada que hacer.

-Vamos, vamos, a casa-, y el perro se movió inquieto dando saltos de alegría como si tratase de animar a su amo, volvieron sobre sus pasos otra vez al caos, y los tropiezos casi constantes que amenazaban con acabar con algún hueso roto.

Las sombras alcanzaban ya casi los altos dientes de los picos, coloreando las últimas luces el gris de las cumbres, dorando un poco más abajo las paredes donde anidan los quebrantahuesos, y oscureciendo paulatinamente las mismas hacia un pardo oscuro que se confundía con las rocas por las que deambulaba, sólo evidentes por el claror de las manchas de nieve cuyo rastro reflejo, ayudaba a discernir entre sombras cada vez más espesas la ruta segura para alcanzar el borde de salida de aquella cubeta en U.

Ya no se veía con certeza más allá de diez o doce pasos de distancia, pero el haber salido del caos le dió energías renovadas y una esperanza incierta de que aquella noche llegaría al refugio, bajaba a trompicones, resbalando y bajo sus pies salían rodando multitud de piedras que resbalaban pendiente abajo rodando y rebotando hasta el fondo, intentaba agudizando la vista no dar un mal paso, tanteando con el bastón previamente los puntos seguros donde apoyarse sin riesgo de caída, el perro ya casi debía estar en el pie de aquella bajada, hacía rato que no lo entreveía parado, esperándole de vez en cuando a lo largo del declive, cuando acabó la pedriza y las gravas sueltas, encontró o creyó encontrar una senda que descendía desde su izquierda, por encima de su cabeza, que le ayudó definitivamente a bajar; menudeaban las hierbas y los arizones, y algún enebro arrastrándose entre la aridez de los bordes del sendero, al abrigo de rocas mas o menos grandes comunicaban algo de proximidad de ser vivo en la penumbra del paisaje escaso que acertaba a ver, oía el fragor del río como un clamor muy abajo, mucho mas debajo del lugar en que se encontraba que poco a poco se fue convirtiendo en cercano y amenazador.

Acabó la cuesta casi de pronto con sorpresa pues al tantear con el bastón comprobó que el siguiente paso estaba mucho más cercano que los anteriores, y el siguiente más y más hasta encontrarse en el plano. Apuntó la Luna por encima de las altas cumbres con lo que pudo descubrir el amplio prado sobre el que se encontraba, frente a él saltaba y brincaba a unos cincuenta pasos el río, en la otra orilla reinaba la oscuridad, a su espalda las altas laderas que acababa de bajar, y hacia su derecha comenzaba un espeso bosque de pinos y hayas, entre los que se adivinaba al final de herbazal y principio del bosque, la claridad de un espacio libre de vegetación que indicaba el camino de entrada y desplazamiento a través de los árboles.

No sin cierta aprensión descubrió al reconocer el entorno que se encontraba a unas dos buenas horas de alcanzar el camino viejo de los contrabandistas, frente a él se extendía el bosque de hayas, al final del cual por el Paso del Oso, alcanzaría de nuevo el río que buen trecho después siguiendo en su compañía, le habría de llevar hasta el camino viejo, y de allí, al tan anhelado refugio del pueblo.

Silbó dos veces y al poco se le incorporó el perro alegre de verle, apoyándole las patas sobre el pecho, lo convenció con caricias palabras cariñosas y juegos demostrándole también su alegría por el encuentro, y comenzaron a caminar hacia el bosque, el perro por delante al que dejó de ver en cuanto se internó en la oscuridad de los árboles, siguió su jadeo adivinando que caminaba como unos cinco pasos o diez por delante, al principio el camino era bastante evidente, por lo trillado del mismo, la luz de la Luna se filtraba apreciablemente por entre las ramas de los árboles, -en su mayoría hayas- que aún desnudas de hojas, permitían el paso de la luz del menguante de la señora de la noche.

Serpenteaba y discurría con alegría hacia abajo la pista obligándole a que sus pasos se fueran convirtiendo en zancadas, por lo que de vez en cuando si no era capaz de frenar un poco el ritmo, tropezaba con raíces que mas de una vez estuvieron a punto de dar con sus huesos en el suelo. Llamaba al perro a menudo para que no se alejara, y normalmente volvía sobre sus pasos atento a la llamada, se iban espesando las sombras, y a las hayas se les incorporaban áreas en las que dominaban los abetos y otras especies de hoja perenne haciendo mas difícil la entrada de la luz nocturna, se alejó el perro, y ya no se le oía, caminaba con mas cuidado escuchando el ruido amortiguado de sus pasos, y en medio de las zonas mas oscuras, volvía hacia atrás de vez en cuando la mirada sin ver nada mas que las siluetas oscuras de los troncos o las masas de hojas difuminadas sobre un fondo negro, pero nada mas, comenzaba a sentir temor de lo desconocido, era una tontería volverse, no había nadie, nadie a quien preguntar, nadie a quien ver si hubiera habido la iluminación suficiente.

Volvía a llamar al perro de vez en cuando, pero éste no acudía a su llamada, al menos su cercanía y su buen olfato le podrían hacer compañía, e incluso servirle de lazarillo en medio de aquella situación; el muy perro, y nunca mejor dicho, había encontrado el rastro del buen camino, y seguro que ya le llevaría buena ventaja y estaría esperándole tal vez ya casi en el camino viejo, o habría ido hasta el río a beber, o se habría despistado con algún ratón, o quien sabe si estaba mas lejos en pos de algún animal nocturno al que perseguir con ánimo de alcanzarlo.

En estos pensamientos estaba, y a buen paso otra vez rodeado de nuevo por hayas que dejaban pasar una plateada luz, arrancando brillos de cobre de entre los troncos y las despejadas ramas cuando escuchó lejanos unos ladridos muy hondos, de allá abajo, tal vez de donde se estrecha el bosque junto al cañón del río, en el Paso del Oso, volvió a oírlos al cabo de un rato, después su propia voz se perdió entre el bosque llamando a su perro, seguía adelante atento al regreso del animal, pero nada sucedió notable durante un rato nada mas que, se había ido añadiendo al silencio el clamor apagado del río.

Creyó discernir entre los ruidos, como un arrastrar o crujir de hojarascas secas, más arriba hacia su derecha, la brisa nocturna que subía del valle no le traía mas que el olor de los prados y de los bojes frescos de las umbrías, lo que fuera se había escuchado como si viniera de delante y mas arriba, retrasó el paso aguzando el oído, y esta vez inconfundiblemente volvía a sentir que algo se desplazaba entre la maleza aplastando las hojas secas y desgarrando zarzas y espinos, su dirección se adivinaba que iba a confluir con el camino que seguía en algún punto de encuentro mas adelante, seguía en silencio pausadamente, adivinando los ruidos, el desbroce de la espesura, las piedrecillas que rodaban cuesta abajo, rebotando sobre las hojas secas con el mismo sonido que hubieran producido las gotas de una tormenta repentina, cuando escuchó un oscuro y corto rugido que le paralizó en medio de la senda, que le impedía seguir adelante, que le aceleró las palpitaciones del corazón que le puso en la boca un raro gusto amargo.

Un bulto, casi una sombra atravesó el camino mas adelante y se perdió en la oscuridad. Habría pasado tal vez una hora apoyado en un árbol, cuando apareció el perro en cuya compañía llegó al camino viejo y al pueblo mas tarde cuyas luces, calles solitarias y puertas cerradas le parecieron en el silencio de la madrugada, una entrada triunfal.

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