sábado 5 de septiembre de 2009

"Una

via de agua"

Una vía de agua se tragó en pocos minutos al pesquero. Su radiobaliza, anunciaba poco antes del hundimiento la señal de socorro y la situación, a unas siete millas y media de la costa al nordeste de cabo Ortegal.

En la rutina de la noche, con ojos abotargados por el sueño y barba de varios días, el maquinista se balanceaba en el estrecho recinto comprobando manómetros, y cuentarrevoluciones, el fuerte mar de fondo hacía trabajar en exceso al motor, para salir de las embestidas de las grandes y anchas olas que pasaban bajo el casco del barco como una inmensa alfombra que quisiera tirar de él para desestabilizarlo. El patrón y otros tres marineros trabajaban en cubierta, a la luz de los focos recogiendo los aparejos del volandero de dieciséis metros de eslora que ya desde las primeras horas de la noche había recogido una mediana captura de merluza en la oscuridad.

La práctica fue interrumpida por el maquinista con un grito que a duras penas se podía oír por encima del ruido del motor, alarmado trepó a cubierta a través de la empinada escalera cuando el agua alcanzaba el nivel del agua zarandeándose por los tobillos.

Echando una vistazo al reducido cuarto de máquinas, el patrón gritó la orden de abandonar el barco, cuando el nivel del agua llegaba por el pecho de un hombre, no se hacían preguntas acerca de cómo se podía haber producido la vía de agua, el motor se aceleraba sólo, y amenazaba con romper las juntas en una carrera desaforada de caballos mecánicos luchando contra la inevitable escora que desplazaba la carga y aparejos de un lado a otro desconcertadamente.

La escasa tripulación se afanaba, como un sólo hombre en la oscuridad desgarrada por el único foco que parpadeaba en lo alto del mástil de la antena, en desamarrar el bote salvavidas. En unos preciosos y escasos minutos cuando el merluzero decididamente se hundía de popa haciendo peligrosa e inestable la situación en cubierta, agarrados a las barandillas de la borda, para no caer hacia la negrura que se punteaba de espumas blancas, consiguieron lanzar el bote al mar agarrándose a él como a su única tabla de salvación.

Entre gritos y sobreponiendo las voces al ruido del mar y a la oscuridad se confirmaron unos a otros de la presencia de todos y de su buen estado. El delgado pero penetrante haz de la linterna que el patrón sacó del equipamiento del bote, les mostró una última instantánea del barco hundiéndose rápidamente succionado hacia el fondo, sin tiempo casi ni para contarlo, había sucedido todo en un abrir y cerrar de ojos..

Los minutos que siguieron a la vívida tensión soportada por los hombres, les transportaron a un acuoso silencio, en el que repasaban para sus adentros todos y cada uno de ellos lo cerca que habían estado de no volver jamás, despuntando ahora en sus mentes la imagen de sus seres queridos que en tierra, a cobijo del sueño reparador de la noche, ajenos a todo, descansaban. Tal vez el nuevo día les llevara la noticia del desastre, en caso de que su última situación marcada por la radiobaliza del buque, hubiese sido eficaz.

Pasaban en un casi continuo subir y bajar verdaderas masas de agua bajo el frágil pero seguro bote. A lo lejos divisaban desde la cresta de las olas otras embarcaciones faenando, ajenas seguramente a su tragedia, y con el transcurso de las horas, observaban con desasosiego, como la deriva, les llevaba mas y mas cada vez hacia el este, lejos del banco en donde hasta no hacia mucho faenaban cercanos a otros compañeros. No habían tenido ni tiempo de lanzar una llamada de auxilio por la radio. En el bote, el equipamiento mínimo de supervivencia que debería contener, había desaparecido, o quizás nunca hubiese estado equipado.

Conforme se acercaba la madrugada, el frío fue penetrando en sus cuerpos cada vez con mayor mordedura, y el salobre del agua en contacto con las ropas embebidas, no hacía sino aumentar la sensación de frío e indefensión, sin nada seco con que abrigarse; entrechocaban los dientes con la tiritona, e intentaban darse golpes y ánimo los unos a los otros, con la esperanza de que en poco tiempo el helicóptero del servicio aéreo de rescate los localizaría, si, querían estar seguros, necesitaban estar seguros de que la radiobaliza del buque funcionaba y que habría enviado un bip de alarma, que habría sido recibido por alguien que no dormía, que estarían de camino ya.

Aquel hundimiento era una mala suerte, el año estaba siendo malo, y cuando al comenzar aquella noche a recoger las primeras volantazas, y comprobar que el banco estaba lleno, se habían alegrado al ir comprobando con una media sonrisa cómo poco a poco se iba llenando la bodega de una carga que hacía mareas que no conseguían, al fin se habían acabado los meses pasados de penuria en tierra firme, al fin podrían dar solución e ir pagando todas las deudas contraídas con aquellos de sus vecinos que les daban crédito incluso para comprar la necesaria diaria comida. Pero estaba de Dios, que no iban a levantar cabeza aquel año tampoco, la amargura y la tristeza se dibujaba en sus rostros cansados y ateridos sólo oculta por la tiniebla de la noche. No hablaban desde hacia mucho rato, las extremidades entumecidas por el frío, y un continuo temblor laceraba sus cuerpos, mientras que poco a poco comenzaba en sus pensamientos a aparecer la posibilidad de que no fueran encontrados a causa de la rápida deriva que les llevaba incansablemente hacia el este.

Llegó un amanecer gris a duras penas diferenciado de la noche, una densa y seguramente vastísima bruma, inusual en aquel caluroso mes de agosto, planeaba sobre la extensión negra de las aguas, todo a su alrededor era tupida niebla que apagaba cualquier eco, e incluso convertía en un susurro el revocar de las exiguas olas contra el bote, que a duras penas se desplazaba ahora indolente y lentamente sobre un mar en desacostumbrada calma, Con la entrada del día y el hambre mordiéndoles en el estómago, una cuchillada de sol y una breve y aliada brisa del suroeste, diluyó la niebla como azúcar en un vaso de agua; resignados en un sopor que les provocaba los primeros rayos de lo que podría ser su martirio y tormento sin agua potable, el bocinazo de un arrastrero lejano fue para sus oídos el mejor aviso, mas alegre que si fuera el cohete de inicio de las fiestas en la aldea.

Una hora después un radiomensaje daba cuenta que un arrastrero con base en Gijón había rescatado a los náufragos

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