sábado 3 de octubre de 2009

"A tan"

"temprana hora"

A tan temprana hora, la mujer de pelo negro con brillo azabachado, de facciones delgadas y angulosas, no exenta de cierta belleza que intentaba mejorar tras sonrisa de un rojo carmín en los labios, y unos aseados y holgados minutos de cuidadoso acicalamiento ante el espejo, a base de remarcar el negro de sus ojos con sombreados de incierto color sobre los párpados, cabellos recogidos en una breve coleta prendida con un pasador de concha de tortuga; cuidadosamente al parecer pintadas las uñas de las manos; envuelta en un vestido veraniego, se diría que de alguna fibra fresca, con flores rojas no muy chillonas como estampado principal, sobre el que por la previsible frescura de la mañana, se había echado sobre los hombros una leve rebeca de algodón negro, a juego con su pelo y zapatos con tacón de fina aguja, cerrados, que remataban y daban apoyo en precario equilibrio a unas piernas delgadas y largas, enfundadas en unas medias negras, que podrían parecer inusuales, por encontrarse en el ecuador del verano; bajó con amortiguados pasos y graciosos movimientos de cadera a lo largo de una escalera demasiado empinada para sus tacones al restaurante del hotel, dispuesta a desayunar.

Tomó entre melindrosos dedos la carta que descansaba abierta en ángulo diedro sobre un mantel blanco impoluto, el resto de la superficie de la mesa estaba ocupado y previsto por platillos, tazas, vasos, cubertería a discreción, y leves servilletas de hilo fino, con una voluta bordada en el ángulo que quedaba a la vista. Desplazaba con delectación sus pupilas sobre la oferta que se ofrecía en la misma, a la vez que sus papilas gustativas empezaban a segregar la saliva necesaria que anunciaba el próximo goce del final del ayuno nocturno después de un sueño reparador. Interrumpiendo un instante la lectura, cerró los ojos, casi se diría que con un espasmo de sus pestañas que se rozaban estrepitosamente al cerrarse, y alzando la cabeza al estirar el cuello, dejaba adivinar las leves arrugas que ya divulgaban esa edad en la que las mujeres se preocupan cada vez más por su físico.

Abrió los ojos que recorrieron con una sonrisa satisfecha y complacida. la semioculta sordidez de la dining room en que se encontraba, de un pasado decorado victoriano, mientras que una tenue lengua olorosa se arrastraba invisible cerca del techo esparciendo el perfume del adecuado y clásico desayuno inglés junto con una suave melodía de fondo imaginada, con los sones del Carnaval de Venecia interpretada por Francisco Tárrega que punteaba entre las vajillas de la mesa con sus dedos; afuera a través de los ventanales del patio, se colaban blandamente los primeros rayos del sol prometiendo una mañana esplendorosa para pasear indolentemente entre las palomas y las huidizas ardillas de los extensos parques.

Jugueteaba en su mente y en sus ojos la expresión de la niña que fué en su primer día de feria, vestido nuevo, y zapatos, respondiendo a la llamada de un mundo indescubierto e insospechado que le iba a deparar toda la felicidad que ya ahora en la espera del desayuno, preveía que el destino se plegaría a renovar nuevamente. Dió con gesto erguido las instrucciones, y cuidada dicción, a la camarera, que atendía su comanda anotando en una libreta que guardó cuidadosamente en el bolsillo de su delantal, dispuesta a marchar hacia el office, cuando aún le apuntó algunas precisiones acerca del punto en que quería que le sirviesen el desayuno, a lo que la camarera exquisita y servilmente excusándose y tomando buena nota, le atendió con un leve asentimiento de cabeza, y una nueva solicitud de excusas por su parte, por no haber estado todo lo atenta que debiera.

Satisfecha en su nueva espera, anotaba en su mente todos y cada uno de los detalles de la sala, gozando con cada nuevo descubrimiento bien en la decoración, bien en el detalle de una moldura, bien en la gracia voluptuosa del asa de la próxima taza de porcelana de origen industrial, que para ella ahora era como si fuese de la dinastía china Ming, que esperaba brillante e impoluta el chorro cálido del café, para después desleír con el suave tintineo de la cucharilla, el azúcar moreno de las Indias Orientales. Observaba con arrobamiento el reflejo en las copas del dorado brillo de sus anillos que uno de los traviesos rayos de sol arrancaba al llegar al mantel de su mesa.

La espera que ya casi comenzara a ser impertinente, no lograba sacarle de su estado de felicidad completa, quizás por una fortaleza o convicción profunda de que nada ni nadie, le harían enfadar ni alterar en aquél maravilloso día, quizás porque su talante natural siempre había sido así, y ahora no era el momento de cambiar, después de tantos años con una sonrisa siempre dispuesta, con un alma cándida, libre de todo mal, dolor, o sufrimiento, vamos, era una mujer feliz que sabía que era feliz. En un breve descuido de su mente que le traicionaba intentando aflorar a su rostro un gesto de fastidio, volvía a subir el volumen en su mente de los sones tranquilizadores de la guitarra que ahora interpretaba “El Capricho Árabe”, transportándola a las cálidas tierras del sur de España, admirada en el jardín entre risas de agua por los versos que desgranaba para ella, su amante el Califa de ojos negros y blanquísima dentadura.

Sus ojos bailoteaban de alegría contenida cuando a largos pasos amortiguados por la moqueta del suelo, se dirigía hacia su mesa un hombre de complexión más que atlética, fornida, se podría decir que traía las trazas de un deportista venido a menos, o que ya hiciera algún tiempo que ya hubiera dejado de practicar la disciplina deportiva a la que hubiera estado dedicado. Su cara de rasgos orientales, podría decirse que su nacionalidad fuera india, o bangladeshi, o en definitiva de algún lugar de las antiguas colonias holandesas del océano Índico, pero resultado de mezcla entre europeo y nativa, de piel aceitunada, cara redonda, escasa barba, y una cabeza totalmente rasurada y brillante; traía anillos en las dos manos, tal vez con excesiva abundancia, y vestía totalmente de negro, salvo una corbata azul clara sobre la camisa también negra.

Inclinándose levemente dejó un beso caricia sobre la oreja de la mujer que se estremeció como un gato que arquea el lomo, al contacto de los labios, después se miraron una vez sentado éste frente a ella, largo rato, ajenos a lo que les rodeaba, sintiendo que ese momento les pertenecía. En los ojos de ambos se adivinaba la complicidad, la alegría, el arrobo, y el extasiamiento de una pasada noche de pasión aun a pesar de los inconvenientes de un hotel del centro de la ciudad, que cargaba a sus espaldas más de un siglo sin haber sido restaurado mas que en lo mínimamente necesario; vericueto de escaleras y salidas de emergencia por el que toda la noche trasegaban viajeros y viajeros de las cuatro partes del mundo, esclavos de horarios de partida y llegada, incluso a las horas mas intempestivas, que golpeaban puertas, y roces de maletas por las paredes, sonidos de aseos que tragaban todo en un arrastrar de agua, duchas que gorgoriteaban a las tres, a las cuatro o a las cinco de la madrugada. Bien, pues aún así y todo, la noche pasional, había sido completa, para ella una talluda muchachita escapada de la vigilancia y autoridad de sus ancianos padres, sin una nota o carta de consuelo para su vejez, allá lejos en la profundidad de las granjas de la aldea aisladas entre los prados, sin un lacónico: “me voy”.y para él, un profesor no numerario en un lejano distrito universitario, que había convencido a ésta para este encuentro y posterior huída a las riberas del Índico, en donde vivirían el resto de sus días comenzando una nueva vida.

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