lunes 26 de abril de 2010

" Incendio"

En la cuesta muda y serena a esa hora indefinida entre el final de la tarde y el anochecer de uno de los primeros días de la primavera, cuando la luz declina rápidamente, el silencio absoluto se adueña del momento, honda, profunda y a la vez íntimamente.
El serpenteo del camino se perdía hacía arriba como buscando la luz que entre las oscuras nubes, a penas conseguía traspasar e iluminar las copas de los árboles, que mucho más arriba, se asomaban hacía poniente.
Hacia el fondo del estrecho valle, a la espalda del caminante, las tinieblas se apoderaban rápidamente de los viejos olmos y encinas, que asemejaban a veces agónicos lamentos de ramas entre la sombras, como si quisieran huir o agarrarse a su última esperanza para salir de allí acompañando al viajero hacia la luz, hacia un alargar de la vida. De improviso en medio del mutismo antes anunciado, el golpe de algún fruto cauteloso seco y casi sordo que viene de la tenebrosidad del fondo del camino allá abajo, se traba con un escalofrío en la espalda del transeúnte.
El desconocimiento azuza la imaginación y mientras que el vello se eriza en su nuca, vuelve la cabeza con los ojos muy abiertos buscando no se sabe qué, no se sabe que respuesta a lo ignorado que ha sonado en el fondo.
Paralizado por momentos que pueden parecer una eternidad, mientras escruta con los sentidos la espesura cada vez más sombría de donde juzga que ha llegado el sordo eco, escucha el fluir de la sangre alocada por sus venas y comienza una retirada cautelosa de espaldas a la cuesta sin perder de vista el fondo.
Poco tiempo después riéndose para sí, recupera el ritmo y la postura normal, caminado hacia adelante, sumergiéndose en sus pensamientos, gozando de los últimos clarores que conforme alcanza altura se van divisando más anaranjados hacia el oeste que aún no llega a vislumbrar, pero inesperadamente pronto, vuelven a resonar a su espalda, uno, y otro golpes sordos, a veces crepitantes, y dos, y tres más allá repetidos; sin volver el rostro, la cara dura y disuelta en el silencio de la cuesta ante sí, con tanta piedra en la rampa del camino interminable, que no se atreve a descubrir por demasiado miedo, la causa de su desasosiego mientras que el sudor tritura su frente con la palidez igualada al reseco de su boca.
Arriba, arriba está la salvación y vuelve a correr trastabillando de vez en cuando o resbalando en los guijarros sueltos
Al poco tiempo, desde el alcor con la respiración estremecida, contempla las pavorosas lenguas de fuego que entre retorcidos torbellinos crepitantes cuando alcanzan determinados grupos de árboles y breñas, avanzan desde el este hacia el fondo del agosto valle sumido hasta hace bien poco en la paz y el silencio casi de ermitaño

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